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Querido diario:

Ya había pasado tiempo desde que había conocido a mi primer amor y estaba a la espera de mi segundo gran obsequio del cielo, mi segundo gran amor. Este embarazo fue sereno, productivo, trabajé tres días antes de mi cesárea, sí, de nuevo tuve que hacerme una cesárea, porque después de tener eclampsia  no es bueno parir pujando, como siempre lo soñé.

Estaba ahí siendo madre de dos, pero esta vez la naturaleza me premió y pude amamantar, sentía como de mis grandes pechos, se derramaba ese líquido que tanto anhelaba, no a borbotones como quería, pero sí lo suficiente para criar a mi segundo príncipe como Dios manda.

No era madre de uno sino dos niños, que debería cuidar, amar  y proteger. Ahí comenzó en mí un torbellino de inquietudes, no quería que ninguno de mis hijos sintiera que le daba más amor a uno que a otro, pero en ese momento tenía que amamantar a un bebé que pedía leche a demanda y yo encantada, dar del pecho simboliza tantas cosas, pero a mí se me llenaba el pecho  cuando podía decir: ESTOY AMAMANTANDO A DEMANDA, si a demanda del bebé.

Ahora era madre a tiempo completo. Cuando tienes el segundo niño te das cuenta que todo ese gran desorden que tenías en tu cabeza va desapareciendo, si tu primer gran amor no murió en tus brazos éste tampoco, así que te relajas y comienzas a ver las pequeñas cosas que no podías identificar cuando en tu primer parto, en mi caso cesárea, pero bueno es lo mismo, siempre hay una dosis entre amor y dolor en la entrega, en el darse y en sentir la plenitud.

Chao querido diario te escribo luego.

NM.

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