Ir a la barra de herramientas

Querido diario:

Aún recuerdo la primera vez que cargué a mi hijo, lo estreché entre mis brazos  y le prometí un mundo que ni yo misma sabía que podía tenerlo para él, pero ahí estaba como toda una madre luchando por hacerlo todo posible. Lo esencial en ese momento era que mi amado retoño estuviera bien. Todos los esfuerzos por tratar de dar el pecho fueron en vano, los medicamentos para la eclampsia habían disminuido mi productividad, no podía dar el seno, uno de los mis grandes anhelos.

Otro gran sueño que murió en mí fue el deseo de parirlo a fuerza de vientre, pujando como una campeona, sí, pujar y pujar como las mujeres de antes, pero eso tampoco se dio, por mi presión no me permitían parir, tenía que ser cesárea, no lo entendía pero fue así que me hicieron una cesárea.

Las dos cosas más hermosas que quería para mi hijo era amamantarlo y parirlo. Ninguna de las dos fue posible, así que tuve que lidiar con eso, vivir con la carga que yo misma me impuse.

Pero ahí estaba, ese pequeño ser que me enseñó a ser madre, y en ese momento fue que descubrí que te conviertes en madre cuando miras esos ojos y reflejas en él todo el amor que puede existir en la tierra. Y lo cargué entre mis brazos y se dio la magia de ser su madre.

POR: NINOSKA MARTÍNEZ

@nliselote nvadir@gmail.com 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *